lunes, 16 de febrero de 2009

La segunda residencia

El retorno al dulce agro que cíclicamente se preconiza desde las ciudades se ha convertido en tiempos modernos en una pugna por disfrutar de una segunda residencia. Como si con una no hubiera suficiente. Tal aproximación a la naturaleza es percibida como un bien en sí misma, como algo deseable. En Catalunya, en época de la Segunda República, el presidente de la Generalitat, Francesc Macià, había enunciado esta aspiración a “la caseta i l’hortet” – (la casita y su huerto)- que en los últimos 40 años se ha refrendado, extendiendo a los catalanes desde la Cerdaña francesa hasta todos los rincones de la costa. No contentos aún con la domesticación de la naturaleza, ahora retrocedemos y las cosas de pueblo empiezan a ser molestas, quizás porque hemos ido más allá de lo deseable al urbanizar el territorio.

Hoy en día, algunos ciudadanos transmutados en agropecuarios consideran que el ruido de los cascabeles y la peste de los animales les impide disfrutar del merecido descanso que les proporciona el chalé del fin de semana. Es lo que se ha bautizado como mobbing rural, que demuestra hasta que punto puede llegar la insensatez de algunos. Se ha desatado la polémica, y agricultores y ganaderos se han visto obligados a manifestarse para defender un status quo ancestral en el que la naturaleza había estado siempre libre de toda sospecha: los animales apestan, y sus excrementos también. A pesar de ello, a algunos urbanitas extremos les molesta más como canta el gallo que como contaminan atmosférica, olfativa y ruidosamente todo tipo de actividades industriales.

Un párrafo de la última novela de Joan F. Mira, El profesor de historia, sintetiza esta oposición entre ciudad y campo: “en el tiempo de una generación humana (...) hemos inventado la televisión en cada casa, el turismo de masas, la informática, la innovación permanente, el movimiento continuo, la banalidad universal, la vida virtual (...) arrasando (...) todo cuanto ocupaba algún antiguo espacio físico o mental, paisajes urbanos, playas, campos cultivados, vida rural...”.

El precio del progreso es la velocidad con que se destruyen viejos paradigmas. Sin embargo, nada hay tan absurdo como ir en contra de los propios orígenes, cuestionando nuestros vínculos con la naturaleza. Sólo es preciso recordar por donde andaba nuestra autoestima progresista cuando, unas semanas atrás, cuatro ventoleras dejaron a caer de un burro este nuestro magnífico país post-moderno.

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